Muchos fueron los momentos emotivos vividos el pasado Domingo de Romería en torno a nuestra Madre, y aún con el recuerdo latente; compartimos con todos ustedes el testimonio de Alejandro Kim, el postulante trinitario que, junto al Padre Sergio, escoltó a la Señora sobre sus andas en su cita anual Abrileña.
“Bendita sea la Santísima Trinidad.
Desde que era niño, he tenido la creencia cierta de que Dios siempre me desvía del camino que yo me trazo y me conduce a un lugar diferente.
Cuando deseaba ser sacerdote, me condujo a un lugar muy solitario para ser trinitario.
Una casa en la montaña fue mi primer hogar donde inicié mi vida religiosa, pero, nunca imaginé en mi vida que viajaría a Europa, sobre todo a España, el País de la Pasión.
Así, Dios siempre me ha desviado de mi camino y ha ido realizando en mí un proyecto que nunca hubiera imaginado.
Desde que vine a España hasta hoy, he confiado en el Señor y en la Virgen María para que mi vida se convirtiera en su instrumento.
He tenido muchas dificultades para convivir con los demás y he sufrido para convertirme al Señor, abandonando mis apegos y mi egoísmo. De esta forma, he tratado de vaciarme para que Dios me llenara de su gracia.
En el momento en que el Provincial, P. Pedro Aliaga Asensio, me dio la carta de obediencia para regresar a la comunidad de Chanwon de Corea del Sur, mi patria, sentí una gran tristeza que no sabría explicar… y me dije: ¿Tengo que abandonar España?”, y pensé: ¡Si he pasado un tercio de mi vida en España!
Al llegar al Real Santuario de la Virgen de la Cabeza para la romería, sentí algo diferente, como una atracción que no podía explicar. ¿Una llamada?, ¿Un deseo?, ¿Una petición? Pero, no quería pensar en ello, porque me decía que no soy digno de responder a esta llamada que resonaba desde lo más profundo del corazón.
Mi camino y mi vida son para servir y acompañar a los pobres y a los cautivos de hoy. Por eso, vestí el hábito trinitario para servir y acompañar a los peregrinos que acuden a ver a la Virgen. Al terminar el servicio de acompañar a los peregrinos en el Camarín de la Virgen, se me acercó el hermano Luis Miguel Alaminos, Rector del Real Santuario de la Virgen de la Cabeza, y me propuso algo que nunca acepté, porque tenía miedo, me dijo: ¿Deseas subir en las andas de la Virgen? Pensé en negarme, pero no pude en aquel momento.
Además de esto, mis hermanos y mis compañeros me daban mucho ánimo para servir a la Virgen. Pero… ¿Cómo?
En el segundo turno del servicio en el Camarín de la Virgen, me senté delante de Ella y le dije: ¿Madre, por qué yo? No me siento digno de acompañarte, de sentarme a tu lado. Seguían pasando los peregrinos para verla y me iba fijando en todos, especialmente en los que lloraban de dolor y sufrimiento.
Unos subían de rodillas para cumplir sus promesas, otros traían sus regalos para la Virgen y algunos alzan la voz para alabarla: ¡¡¡Viva, la Virgen de la Cabeza!!! Una de las veces que resonaba este grito de alabanza, hubo un eco en mi corazón que decía: Sí, acompáñame para servir a los pobres y a los peregrinos.
Es verdad que todos los que acudimos a ver a la Virgen somos los que sentimos que necesitamos de Dios y de su gracia. No me daba cuenta de esta realidad, aun así, seguía teniendo miedo, porque no soy tan fuerte como para acercar a los niños a la Virgen.
Dios siempre desvía del camino para conducirme por uno diferente, entonces, me dije: Sí, iré contigo para servir a los cofrades y a los peregrinos.
Esa noche, no pude dormir por el regalo que me había hecho la Virgen.
Al día siguiente, fui en seguida al Camarín para estar con Ella. Cuando empezaba la preparación del traslado de la Virgen al altar mayor, mi hermano Sergio me llamó para darme algún consejo acerca de cómo cuidar a los niños, todavía quedaba una hora y media, pero mi corazón latía más fuerte que nunca.
Al entrar a la Basílica, escuché el grito ensordecedor de los peregrinos, animado por el hermano Sergio, me acerqué a las andas…
Muchos anderos me saludaban y me animaban para que me tranquilizara. Al subir, miré fijamente a todos aquellos devotos que deseaban encontrarse con la Virgen, y fue al bajar de su Camarín cuando me di cuenta que la Virgen estaba a mi lado para acompañarme, me dio consuelo y me quitó toda preocupación. Repetía continuamente que era un servidor para todos los que estaban presentes en este sagrado lugar.
Como si fueran un solo cuerpo, los valerosos anderos cumplían sus promesas que habían hecho a la Virgen María, alzando su trono. No he visto jamás un esfuerzo tan grande. Juntos, como un solo cuerpo, salíamos al encuentro de los peregrinos.
El sol que gobierna el día nos iluminaba como la gracia de Dios, así fue la marcha para el servicio de todos los peregrinos y devotos que acuden a la Virgen de la Cabeza. No me acuerdo cómo fue mi actitud y mi comportamiento, pero sentía en mi interior el ardor que me transmitían los cofrades y los anderos.
A pesar de la debilidad y de la dificultad humana, quería rendir homenaje a la Virgen y a su Hijo Jesucristo. El canto de los peregrinos, el grito de la gente, la sonrisa de los niños… Todos me acompañaban y me fortalecían para seguir adelante.
Pero, como soy humano, llegó el momento en que no podía levantar más mis brazos para acercar a los niños. Sentía que no podía más, sin embargo, pedí fuerza y empecé a rezar el “Ave María” para que la Virgen me ayudara a servir al Pueblo de Dios. Sí, no tenía fuerzas, pero tenía fe. Me dije: “Aunque quede destrozado, seguiré los pasos que caminó tu Hijo”. Un morir para la vida. Un morir para dar la vida a los demás.
El número 33. Es muy significativo para muchos cristianos porque es la edad en que Jesucristo murió en la Cruz para salvarnos del pecado del mundo. Yo cumplía 33 años ese día y pedí al Señor Jesús que no me abandonara, sino que me ayudara a servir a todos.
No sé en qué momento, pero el cansancio y la fatiga se convirtieron en alegría y en tranquilidad. Extendía mis brazos para recibir a los ángeles y ofrecía las flores benditas para aquellos hermanos en silla de ruedas.
Al llegar la Casa de Dios y bajar de las andas, caían las lágrimas de gozo y alegría por haber servido a todos los que acuden a la Madre de Dios. Entonces, sentí fuertemente que yo estaba también bendecido, al igual que todos los peregrinos. La indignidad que sentí en mi interior al comenzar se convirtió al final en un sí y en un deseo de entrega total.
Doy gracias a Dios por poder acompañar a su Madre, la Virgen de la Cabeza. Gracias también a aquellos que me apoyaron y animaron para que pudiera seguir adelante. Gracias por los cofrades extendidos por toda España, especialmente, a los de Granada que me han enseñado durante años la verdadera devoción a la Virgen de la Cabeza.
Hoy por hoy, no sé cuándo volveré a ver a mi Señora de la Cabeza, pero sé que ella está siempre conmigo junto con su Hijo Jesucristo. Pido a Dios para que me ayude a seguir más fielmente el camino que me indica su Palabra.




